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Civilizaciones y líderes
César Augusto

Vivió:

63 a. C. - 14 d. C.

Títulos:

Princeps

Civilización:

César Augusto
Líder de los romanos

Información de la partida:

Gloria de Roma

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Historia

Nacido Cayo Octavio, Augusto se convertiría en el primer (y quizá el más grande) de los emperadores romanos. Acabó con un siglo de guerras civiles e inauguró doscientos años de Pax Romana, además de una edad de oro de la literatura y la cultura romanas.

Primeros años

Octavio nació en el año 63 a. C. Su padre (llamado también Cayo Octavio) era un respetable pero modesto miembro de la orden ecuestre. Su madre, en cambio, era sobrina de Julio César. El padre de Octavio murió cuando él tenía solo cuatro años, y el muchacho se crió en la casa de su padrastro, Lucio Marcio Filipo.

A la edad de 15 años, Octavio vistió la toga virilis ("toga viril"), símbolo de que había alcanzado la mayoría de edad, y fue elegido para el Colegio de Pontífices. En el año 46 a. C. acompañó a Julio César en su última campaña en Hispania. Allí causó tan honda impresión al gran general, que éste cambió su testamento para convertirlo en su heredero.

La muerte de Julio César

Cuando César fue asesinado, en los Idus de marzo del 44 a. C., todas las riquezas que había acumulado a lo largo de su vida pasaron a manos de Octavio, que por entonces contaba 18 años. En el momento del asesinato de César, Octavio se encontraba con algunos de sus soldados en la moderna Albania. Al enterarse de la noticia, marchó a Italia y reclutó un ejército entre los veteranos de César, cuya lealtad se aseguró subrayando el hecho de que era su heredero. Una vez en Roma, Octavio se alió con Marco Antonio y Marco Lépido para formar lo que se conoce como "segundo triunvirato", dirigido contra los asesinos de César, Marco Bruto y Cayo Casio. Los ejércitos de Octavio y Antonio siguieron a Bruto y a Casio hasta Grecia, donde los derrotaron en la batalla de Filipos (42 a. C.). Bruto y Casio se suicidaron tras la derrota.

Marco Antonio y Cleopatra

Antonio se casó con la hermana de Octavio, Octavia, para cimentar su alianza, y los dos líderes se dividieron el territorio de Roma. Octavio se quedó con el oeste, mientras que Antonio fue al este, donde inició una tórrida aventura con Cleopatra, señora de Egipto. Octavio vio las acciones de Antonio como un insulto para su hermana y su familia, y las relaciones entre ambos gobernantes no tardaron en arruinarse. Mientras Antonio disfrutaba de los placeres de Egipto, Octavio, en Roma, reforzaba su poder político y sus ejércitos. Finalmente estalló la guerra y, en el año 31 a. C., Octavio derrotó a las fuerzas de Antonio y Cleopatra en la batalla naval de Actium. Los amantes fueron perseguidos hasta Egipto, donde se suicidaron.

Octavio se convierte en Augusto

Octavio ya era el amo indiscutible de Roma. Entregó sus poderes extraordinarios al Senado, que estaba lleno de aliados suyos y, a cambio, el Senado lo nombró "Augusto" (hombre de dignidad y grandeza) y lo cubrió de honores. Y, lo que es más importante aún, le concedió los poderes de cónsul y censor, que nunca habían estado combinados en una sola magistratura. Todo el poder permanente quedó en manos del Senado, pero, como Octavio era quien lo controlaba de facto, esto era más que nada una ficción legal. Aunque tenía el poder de un auténtico emperador, Augusto prefería hacerse llamar "princeps" o "primer ciudadano" (posiblemente para no soliviantar más a los pocos republicanos que aún quedaban en Roma).

Augusto en casa

Durante el reinado de Augusto, Roma vivió cuatro décadas de paz y prosperidad, un agradable cambio después de casi un siglo de conflictos civiles. Llevó a cabo un gran programa de construcciones en la vieja ciudad, en el que se incluyó una nueva sede para el Senado y grandes templos para Apolo y el "Divino Julio" (su fallecido tío-abuelo). Más tarde, a Augusto le gustaría presumir de que había encontrado una Roma hecha de ladrillo y había dejado una de mármol. Bajo su protección, muchos de los más famosos autores y poetas de Roma crearon sus grandes obras: Virgilio, Ovidio, Horacio y Livio vivieron sus momentos de mayor gloria durante su reinado.

La expansión romana

Los generales de Augusto disfrutaron también de gran éxito y, para alivio de todos, pudieron dirigir de nuevo sus fuerzas contra enemigos externos, en lugar de enfrentarse unos a otros. Las fronteras de Roma se extendieron hasta el Danubio, se culminó la conquista del norte de Hispania y, en el este, Armenia fue pacificada.

Augusto sufrió dos derrotas militares significativas bajo su gobierno. En el 15 a. C., el gobernador romano de la Galia, Marco Lolio, fue derrotado por una coalición de tribus sicambrias, téncteras y usípetes que habían cruzado el Rin para adentrarse en la Galia; la posición romana en la Galia apenas sufrió daños, pues tal como Suetonio escribió, esta derrota fue "más humillante que grave".

Sin embargo, la segunda derrota fue de una magnitud muy diferente. En el 9 d. C., Publio Quintilio Varo, gobernador de Germania Magna, condujo a tres legiones a través del Danubio y se adentró en las tierras bárbaras; allí fueron sorprendidos por las tribus queruscas que, tras una batalla de tres días, capturaron y mataron a todos los romanos. El propio Varo se suicidó y los vencedores enviaron su cabeza como regalo a Marbod, rey de los marcomanos en Bohemia.

Al enterarse de la catástrofe, Augusto envió tropas a la ciudad para evitar revueltas. También prolongó la duración de las gobernaciones de las provincias para asegurarse de que, en el caso de rebelión, esta sería gestionada por hombres con experiencia. Además, dedicó unos grandes juegos a Júpiter para que mejorara la suerte del imperio. Es evidente que esta derrota afectó mucho a Augusto. Suetonio contó que "durante meses no se cortó ni la barba ni el cabello, y a veces golpeaba su cabeza contra las puertas gritando '¡Varo, Varo, devuélveme mis legiones!'"

Afortunadamente, los nativos no se rebelaron y la catástrofe no tuvo consecuencias duraderas para el imperio.

El juicio de la historia

Cuando Augusto murió en el 14 d. C., era impensable un regreso al viejo sistema republicano, así que el emperador Tiberio le sucedió de forma pacífica.

Durante el largo reinado de Augusto, Roma prosperó y logró dominar la cuenca del Mediterráneo. Las medidas que tomó hicieron funcionar al imperio como la seda, tanto que Roma seguiría gobernando todo el mundo conocido durante casi dos siglos sin guerras importantes ni graves amenazas a su supervivencia. Pocos líderes históricos pueden presumir de ello.